Salir del clóset es una negociación constante

Columna publicada en periódico El Faro el 17 de mayo de 2022

Cada 17 de mayo se conmemora el Día Internacional contra la Homofobia, la Transfobia y la Bifobia. Es un esfuerzo por concientizar sobre la discriminación y la violencia hacia las personas lesbianas, gays, bisexuales, trans, intersex y otras identidades queer (LGBTIQ+). Las raíces del prejuicio y la discriminación a las personas LGBTIQ+ involucran a la mayoría de la población, es decir, a las personas heterosexuales y cisgénero (no transgénero). Después de todo, la sexualidad y el género configuran nuestras vidas, a nivel privado y público, de maneras tanto patentes como imperceptibles. Siempre habrá problemas “más urgentes” que resolver en el país, pero eso no quita la relevancia de hablar de este día. Aunque no parezca urgente, combatir este tipo de discriminación deber ser prioridad en la agenda nacional. Mientras no existan garantías de no discriminación, salir del clóset será siempre una negociación constante: con el mundo que nos rodea y con nosotros mismos.

Las raíces del prejuicio y la discriminación hacia personas LGBTIQ+ nos remite –entre otras cosas– a hablar de identidades, de quiénes somos, de cómo nos comportamos y cómo esperamos que los demás se comporten. Hablamos entonces de normas sociales en torno a la sexualidad y al género, es decir, sobre lo que consideramos socialmente aceptable en estos ámbitos. En este sentido, uno de los fenómenos a la base de la discriminación es una serie de creencias a las que todo el mundo, incluyendo personas LGBTIQ+, nos apegamos en mayor o menor medida. Estas creencias se engloban en un término que no es reciente pero que ha cobrado popularidad en los últimos años: la heteronormatividad.

Por su uso frecuente en el activismo y la academia, se asume que hay consenso en lo que significa heteronormatividad, pero sus definiciones varían. En psicología, entendemos heteronormatividad como las creencias de que existen dos géneros que corresponden a dos “sexos biológicos” opuestos y complementarios (esencialismo). De estas creencias surgen mandatos de cómo deben sentir, pensar y comportarse las personas, individualmente y en pareja (comportamiento normativo). Hay una vigilancia perpetua sobre quién es un hombre de verdad, sobre quién no se “da a respetar como mujer”, sobre cuándo llevará pareja a la casa y cuándo irán a casarse. Además de expectativas en las relaciones de pareja, como la romantización de los celos (“si no te cela no te quiere”) y el mito del alma gemela (la existencia de una única persona hecha a la medida para llenar todas nuestras necesidades socioafectivas y la promesa de nunca más sentir atracción por otra persona).

La heteronormatividad se refiere a actitudes personales, pero también a estructuras institucionales que reflejan y refuerzan estos mandatos. Se establece así lo “normal”, mientras que lo que queda fuera se sanciona desde la moral, la patología y la ley. Es común escuchar que una persona no tiene nada “contra los gays”, pero que el matrimonio es entre hombre y mujer. Que no está en contra de las personas “de la diversidad”, pero que lo que ellas quieran hacer, que lo hagan en privado. Esos son argumentos basados en la heteronormatividad. Así, la discriminación hacia las personas LGBTIQ+ muchas veces se disfraza de valores, de buenas costumbres y hasta de mandato divino. Aún los discursos más “progresistas”, como el afirmar que no hace falta develar públicamente nuestra sexualidad, refuerzan la heterosexualidad (y el ser cisgénero) como la única manera normal y aceptable de existir en público. 

La heteronormatividad, no obstante, no depende de la orientación sexual o la identidad de género. Una persona heterosexual puede no apegarse a estas normas, mientras que identificarse como LGBTIQ+ no implica por sí mismo ser disidente de la heteronorma. Es cierto que las personas LGBTIQ+ sufren de modo más inmediato las consecuencias negativas de la heteronormatividad, al ser violentadas y excluidas de diversas esferas de la sociedad. Pero la heteronormatividad persiste porque –como la heterosexualidad misma– es parte del paisaje público, tan natural y obvia que evita todo escrutinio. También persiste porque trae beneficios, como reforzar la sensación de pertenencia social y el acceso a derechos. Estos son beneficios con trampa (por ejemplo, creencias heteronormativas permiten justificar la violencia de pareja, aún entre personas del mismo género), pero beneficios al fin.

Para las personas LGBTIQ+, la heteronormatividad incluye además afrontar el mandato de “salir del clóset”. Revelar a otras personas la orientación sexual o la identidad de género no es un evento único en el que simplemente se supera la vergüenza para enorgullecerse de quién se es. Esta revelación es una negociación perpetua con el entorno, en la que se sopesan los riesgos y los beneficios de reafirmarse en distintos contextos y ante distintas personas. Hay gente que no puede salir del clóset, gente que no lo necesita, gente que es forzada a salir. Esta revelación, además, se vive de modo distinto en diversas culturas y finalmente es uno de muchos hitos en el desarrollo de la identidad sexual y de género. El grado en que una persona ha salido del clóset no necesariamente tiene que ver con su ajuste psicológico, pues este depende de sus condiciones de vida y lo que ella misma priorice para mantener su bienestar (su seguridad, las relaciones con su familia, su estatus social, etc.).

En línea con lo anterior, las “fobias” en el nombre de esta fecha conmemorativa nos recuerdan que las personas LGBTIQ+, aunque enfrentan dificultades comunes, no son una entidad única. Los términos homofobia, lesbofobia, bifobia, transfobia y otros (como la acefobia o prejuicio a la asexualidad) encapsulan experiencias específicas, que también dependen de otras características, como el género y el nivel socioeconómico. Para las personas trans y no binarias, por ejemplo, la discriminación involucra negar su derecho a la identidad, lo que impacta en su acceso a servicios de salud, vivienda y empleo, y, en última instancia, su calidad de vida (privaciones prácticas que, por ejemplo, Caitlyn Jenner no experimentaría, siendo mujer trans pero también republicana y millonaria). Asimismo, dentro de las poblaciones LGBTIQ+ también existen la misoginia, el racismo y la xenofobia, el clasismo y la aporofobia. El que seamos no-heterosexuales, trans o no binaries, no necesariamente evita que participemos en la exclusión de otros grupos. 

Combatir la discriminación hacia las personas LGBTIQ+ exige no solo objetar la heteronormatividad en abstracto, sino también preguntarnos cómo la entendemos y cómo la reproducimos en nuestras relaciones con los demás. Nos exige cuestionar todo lo que creemos natural y aceptable en torno al género y la sexualidad, y reconocer que nuestras creencias tienen implicaciones políticas. A fin de cuentas, el respeto a las personas LGBTIQ+, aceptando sus similitudes y diferencias con personas heterosexuales y cisgénero, es uno de tantos componentes de un país democrático. El Salvador se aleja de este ideal democrático más y más, pero eso nos da mayor razón para exigir, hoy y todos los días, la protección y el respeto a las personas LGBTIQ+.

Salir del clóset es una negociación constante

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