Hace unas semanas fui a una boda. Era en un jardín en una tarde de verano, en uno de esos días en los que el sol se pone a las 9:30 de la noche. Fue una ceremonia hermosa y emotiva, bajo el sol y el cielo azul. Todas las mujeres llevaban vestidos largos: hasta las tobillos, hasta el suelo. Que es lo común en una boda, supongo. No soy cliente frecuente de esa industria.
Creo que no me hubiera dado cuenta de lo largo de los vestidos si yo no hubiera usado un vestido hasta la rodilla. Me llevó 30 años de mi vida sentir la mínima comodidad usando faldas y vestidos, particularmente uno tan primaveral como el que me puse ese día, aún en climas calurosos. Ahora que lo hacía, seguía siendo un dato atípico, ya no por estar cubierta de pies a cabeza en un jardín a 30°C, sino porque el resto de invitadas lo estaba.
Mi atipicalidad me llevó a pensar en el índice del ruedo (hemline index), la idea de que la longitud del ruedo de faldas/vestidos de las mujeres correlaciona con la economía en un momento sociohistórico específico. Según este índice, en tiempos de crisis, los ruedos son más bajos, es decir, las faldas son más largas; en tiempos de prosperidad, las faldas se vuelven más cortas. Hay un estudio del 2010 en Holanda que respalda esta correlación, y otro del 2020 en Croacia que no.
Más recientemente, se usa el hemline index para relacionar la moda y estética con la crisis económica y con patrones sociopolíticos ligados al conservadurismo, fascismo, y al creciente puritanismo de las generaciones (actualmente) más jóvenes. Esto incluye, por ejemplo, la exigencia de volver a roles tradicionales de género “por nuestro bien”, con figuras como las tradwives y los hombres de alto valor.
Estos argumentos se construyen no solo observando los patrones socioeconómicos actuales, sino los de más de un siglo atrás(!), considerando periodos de alternancia entre guerras y prosperidad. Este fenómeno se discute en Estados Unidos y partes de Europa, pero son patrones que nos alcanzan. Nos está llevando Judas, le digo. Desde hace un buen tiempo termino cada día laboral así:

Dudo que alguna invitada en esa boda me diría que llegó con un vestido largo por la economía; nomás había que ir de gala para la fiesta. Incluso la explicación del párrafo anterior sobre conservadurismo difícilmente se sostiene para este grupo, conociendo a las personas que felizmente contraían matrimonio. Pero, en todo lo que comenzaba la ceremonia, no dejé de pensar en el hemline index, en que nos está llevando Judas y en que quizás debí usar un vestido largo. Honestamente creí que la vestimenta para tan magna ocasión sería más veraniega porque, pues, era verano. Por suerte me sentía igual de gala con el vestido más corto, y claramente yo no soy el estándar de nada.